Comercio mundial continúa creciendo

El comercio mundial de mercancías creció 11% interanual durante el primer trimestre de 2026.

El comercio mundial cerró el primer trimestre de 2026 con una señal que pocos habrían esperado en medio de guerras, interrupciones logísticas y una economía global cada vez más fragmentada: en lugar de frenarse, aceleró. 

El valor de las mercancías intercambiadas aumentó 11% frente al mismo periodo del año anterior, mientras que el volumen creció 3.2%. Detrás de esta expansión hay una nueva configuración del comercio global, en la que Asia, los minerales y, sobre todo, la inteligencia artificial están ganando protagonismo.

La cifra de 11% requiere una lectura cuidadosa. No significa que el mundo haya movido 11% más mercancías. El volumen aumentó 3.2%, mientras que el valor también estuvo determinado por los precios y por la composición de los productos comercializados. 

El dato adquiere mayor relevancia porque el primer trimestre de 2025 ya había sido excepcional. Empresas de Norteamérica adelantaron importaciones ante la expectativa de cambios arancelarios, lo que elevó los flujos comerciales. Un año después, el comercio vuelve a crecer con fuerza pese a aquella base de comparación exigente. El mercado global, en otras palabras, no sólo está resistiendo. También está cambiando.

Asia concentra buena parte de ese cambio. Sus exportaciones aumentaron 20% interanual, impulsadas por metales preciosos, oro, cobre, maquinaria y equipos eléctricos. El comportamiento refleja una transformación que empieza a sentirse en prácticamente todos los sectores: la inversión tecnológica está adquiriendo una dimensión industrial y comercial mucho mayor.

La inteligencia artificial es uno de los principales catalizadores. El comercio mundial de productos vinculados con IA creció más de 40% en valor durante el primer trimestre. El fenómeno ya no pertenece exclusivamente a las empresas que desarrollan modelos, chips o software. La expansión de esta tecnología requiere centros de datos, infraestructura eléctrica, sistemas de enfriamiento, equipos especializados, componentes electrónicos, minerales, maquinaria y servicios logísticos.

La IA está convirtiéndose así en un nuevo motor de demanda para la economía física. Cada nuevo centro de datos requiere una cadena de proveedores. Cada ampliación de capacidad de cómputo genera demanda de electricidad, equipos, materiales y servicios. La revolución tecnológica está dejando de ocurrir únicamente en las pantallas y comienza a transformar fábricas, puertos, minas, redes eléctricas y rutas comerciales.

Para México, este movimiento llega en un momento estratégico.

El país tiene una de las posiciones más favorables para beneficiarse de la reorganización de las cadenas globales. Su cercanía con Estados Unidos, su infraestructura manufacturera, su integración productiva con Norteamérica y su experiencia exportadora le permiten competir por inversiones que buscan acercar la producción a los principales mercados de consumo.

La oportunidad es especialmente relevante para industrias como la automotriz, eléctrica y electrónica, maquinaria, dispositivos médicos y manufactura avanzada. Si el crecimiento de la infraestructura vinculada con IA mantiene la demanda de equipos eléctricos, componentes, sistemas de automatización y bienes intermedios, México puede convertirse en un proveedor cada vez más importante dentro de estas nuevas cadenas.

México tiene una fortaleza evidente en su plataforma industrial, pero también enfrenta una debilidad estructural: una parte importante de su producción exportadora depende de insumos importados. La integración con Estados Unidos es una ventaja competitiva extraordinaria, pero también concentra riesgos. Cuando la economía estadounidense crece, México puede capturar rápidamente parte de esa demanda. Cuando cambian las reglas comerciales, los aranceles o las decisiones de inversión, el impacto también llega con rapidez.

El desafío para las empresas mexicanas será aprovechar la integración sin quedar atrapadas en ella. Eso implica desarrollar proveedores nacionales, aumentar el contenido tecnológico de la producción y encontrar nuevos mercados de exportación. La diversificación puede convertirse en una herramienta de competitividad, no sólo en una estrategia para reducir riesgos.

El desempeño de América del Sur y Central refuerza esta lectura. Las exportaciones de la región aumentaron 14%, impulsadas por productos agrícolas, minerales, metales, combustibles y otros bienes básicos. África registró un crecimiento similar, apoyado por minerales, metales y fertilizantes.

El mensaje para México es doble. Por un lado, existe una demanda internacional creciente por recursos necesarios para sostener la expansión industrial y tecnológica. Por otro, la competencia por inversiones y mercados también será mayor. Asia cuenta con enormes capacidades manufactureras y cadenas de suministro altamente especializadas. México tendrá que competir no sólo con costos, sino con productividad, infraestructura, energía, talento y certidumbre.

La energía puede convertirse en uno de los factores decisivos.

La expansión de centros de datos y manufactura avanzada exige grandes cantidades de electricidad confiable y competitiva. Para México, esto abre una oportunidad de inversión en infraestructura energética y, al mismo tiempo, plantea un posible cuello de botella. La capacidad del país para generar y suministrar energía suficiente será cada vez más determinante para decidir qué empresas llegan, cuáles expanden operaciones y cuáles buscan otros destinos.

El comercio mundial también está recordando que ninguna cadena de suministro opera aislada de la geopolítica.

La crisis en Medio Oriente ofrece el ejemplo más evidente. Mientras Asia, África y América Latina registraron aumentos importantes en sus exportaciones, Medio Oriente y la Comunidad de Estados Independientes mostraron retrocesos de 1% en valor. Las interrupciones relacionadas con el transporte a través del Estrecho de Ormuz introducen un riesgo adicional para los mercados energéticos y logísticos.

Para las empresas mexicanas, el impacto puede aparecer lejos del conflicto. Una interrupción prolongada en una ruta estratégica puede elevar los precios del combustible y aumentar los costos de transporte, producción, almacenamiento y distribución. El encarecimiento de la energía termina trasladándose de una industria a otra y puede erosionar márgenes incluso en compañías que no tienen ninguna relación comercial directa con la región afectada.

Esta es una de las grandes amenazas que enfrenta el mercado mexicano en el nuevo escenario global. El nearshoring y la integración norteamericana pueden atraer inversiones, pero su beneficio puede reducirse si aumentan los costos energéticos, logísticos o financieros.

También existe una amenaza menos visible: la fragmentación del comercio mundial. Las tensiones entre grandes potencias, las nuevas políticas industriales y los cambios arancelarios pueden modificar rápidamente las decisiones de inversión. Para México, esto representa un riesgo, pero también una oportunidad excepcional. Cuando las multinacionales buscan reducir su exposición a determinadas regiones, el país puede convertirse en una alternativa natural para producir cerca de Estados Unidos.

Colaboración: Editorial Auge.

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